Hay una narración en este libro, la de un tiempo que incuba algo enorme: primero en las ideas, en el amor que se sella, en la casa que se elige. Un porvenir. Lo que quiero decir es que Un bosque más inmenso de Dannae Saranich no es un poemario de creaciones sueltas. Hay entre poema y poema una progresión. Y nos gusta cuando en los libros se operan transformaciones.
En el comienzo, a la casa se le agradece y un poco se le teme, también. Está vacía, todavía, sin muebles. Siempre es de noche y en la niebla, una no sabe dónde pisa. Sin embargo hay compañía, la del ser amado. Y cito: “agarrás mi mano y le das un beso. Los tentáculos sueltan el latido y caen hacia la tierra: se hacen raíces.”
Las preguntas, los miedos, la incertidumbre son los tentáculos que aprietan el corazón, que estrujan el deseo. Pero pronto serán apartados. La voz poética no se demora en ellos. De los árboles no piensa solo en sus agujeros-heridas de flecha. A los árboles se los invita a pasar. A entrar por la ventana, enredarse las hojas con los rulos, a volverse una unidad. Sujeto-pareja-casa-terreno. “Mis ganas hondas de ser este pequeño bosque” dice también y se espeja en un árbol, caderón, como a punto de parir.
Hay mutaciones, naturalmente en el hábitat porque la casa será convertida en nido. Florecen los lirios, los jazmines dejan cartas de amor al hogar. La fecundidad está en el aire. Desde el principio intuímos que acá el futuro tiene cara de bebé. La voz poética avanza a partir de los mensajes que le dan sus sentidos, ve en un tronco ojitos de miel, escucha al viento que dice: hola mamá. Se toca la panza. Encuentra rápidamente evidencia de lo que vendrá y las fuerzas necesarias para enraizar.
Pero ¿qué abarca la inmensidad? Mensajes frondosos, claroscuros. Duelo y gestación. La yo que habla aprende. A podar para dar vida, como le enseña su madre. Y la escritura con su lengua aterciopelada responde, despeja, acompaña su deseo. Con ella hace conjuros. Mira la correntada y dice: “Seré esa fuerza”.
Hay mutaciones en el paisaje, en la casa y en el cuerpo, ahora, territorio también. Crecen lunares, relieves, volúmenes y los cambios se palpan. El cuerpo deja de ser una subjetividad, parece hechizado.
Y al estado de asombro, de preguntas se le oponen invocaciones: la familia, los ancestros, los muertos recientes, los yuyos del pueblo, las salvias que traerán colibríes y abejas. Todo lo que circunda fertiliza : “la vida le pido a los muertos” dice la futura madre. Y se agarra fuerte, sabiamente, de todo lo que la sostiene para sostener, así como los árboles se atan seguros al suelo.
Pero la poeta no engendra solo un bebé por descendencia, mientras la leemos da a luz un bosque propio, inmenso: lo que tiene para ofrecer: una lírica que resplandece y unifica al yo que habla con su entorno natural. Se abre al devenir: cantan los gallos, canta la embarazada. Una música con alas que usa para hablarle al bebé en segunda persona cuando está todavía del otro lado: “Querido mío, sos bienvenido” La poesía se anticipa, acelera el tiempo porque crea otro a la par. Prepara el terreno para las vidas que son de carne y hueso.
La poesía de Dannae en este libro nace con un deseo y lo acompaña, con paciencia, con todo lo que necesita un deseo para crecer, sostenerse, llegar a ser. Lo acompaña con fe con ternura feroz y ritmo propio, con los elementos más nobles y ricos del bosque encarnado, encantado, todo entero.
*texto leído por Noe Vera en la presentación de Un bosque más inmenso de Dannae Saranich durante el mes de Marzo de dos mil veintiséis.
ilus: Marion Peck
