por Mariana Gut*
llamo a mi madre
algo sucede en mi vientre cuando la nombro,
un intento
por mantenerme a salvo.
me llamo madre
y algo sucede en mi vientre cuando me nombro,
un intento
por mantenerme a salvo.
Rescate – Lila Biscia
Veo un video, el algoritmo que me reconoce como madre me lo muestra, arranca de golpe. Una mujer explica lo doloroso que es parir para ciertas especies. Explica, por ejemplo, cómo los puercoespines salen de cola, y sus espinas van clavándose en el interior de la madre.
O cómo las hienas tienen que dar a luz por un pseudo pene, y lo extremadamente difícil y doloroso del proceso.
Al final del video, la mujer compara estos partos con los de los seres humanos, e interpela a quien la esté viendo, preguntado con cierta gracia: “¿Todavía creés que el parto de los humanos es doloroso?”
¿Quién mide el dolor?
¿Es eso lo importante?
¿Cuánto dolor soportamos?
¿Qué esperan de nosotras?
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Una obstetra joven y amable -que ya me había atendido en la guardia cuando tuve la primera pérdida- entra a la habitación, dice algunas cosas, pero solo recuerdo con claridad su sentencia “hay que terminar el embarazo”. Entiendo poco, no sé a qué se refiere, pienso en un aborto. Pero Facundo se pone expeditivo, me dice que va a buscar el bolso a la camioneta y empieza a resolver lo necesario. Ya no vamos a salir de esta habitación por, al menos, tres días. Ya no vamos a salir de esta habitación siendo solo dos.
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Un recuerdo: la radio encendida bajito, apoyada en la almohada, mi abuela materna al lado mío. Estamos las dos acostadas en su cama.
No sé cómo fue su parto. Sólo sé que tenía 40 años cuando tuvo a mi mamá. Una “madre añosa”, como les dicen a las mujeres de acuerdo a la edad.
Sólo 30 años tenía mi mamá cuando se murió.
¿Cómo se nombra a una madre que se queda sin hija? ¿Deja de ser una madre?
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“Distancia de rescate”, titula Samanta Schweblin su novela. Esa distancia necesaria que una madre mantiene con sus hijos para protegerlos. Una distancia variable, que se tensa ante el peligro. Un hilo invisible que une a la madre con sus hijos.
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En mi imaginario mi madre siempre es joven.
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El olor de la sangre es dulce. Es fuerte. Cuando me levanto de la camilla siento el desprendimiento. “Es lo esperable”, me dijo el médico que me controló, después de la cesárea, “tiene que salir todo para no tener ningún problema”. Camino hasta el baño de la mano de Facundo para cambiarme el apósito. Cuando me apoyo en la tapa del inodoro, vuelvo a sentir cómo cae mi sangre, tiñendo el agua de un rojo intenso, oscuro.
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Ahora soy madre, pienso. Mientras mi cuerpo está partido en dos.
Mientras siento olor a carne quemada. Me están abriendo. No sé nada de la operación, yo no pregunté y si alguien me dijo algo, no lo recuerdo. El quirófano no se parece a esos que vemos en las películas o en las series. Tiemblo. No sé si estoy en pánico o si lo que me está pasando es lo esperable. Respiro, de a poco intento controlar mi respiración. Intento controlar algo.
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¿Esto es? Esto es. Entregar el cuerpo. Que te partan al medio. Unas manos trabajando con constancia, evitando errores. Abriendo y cerrando la carne. Mis piernas son sacudidas de un lado a otro. ¿Cómo voy a explicar esto que siento? Tal vez con algún chiste, pero me parece que es inexplicable. La insensibilidad del cuerpo, mientras el corazón bombea y el cerebro descarga.
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Una pediatra nos acompaña. Me dice su nombre pero no lo recuerdo.
Antes de empezar me susurra “Yo voy a estar acá explicándote todo, contándote lo que va pasando”. Le agradezco en silencio, con la mirada.
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No veo nada. No es por los nervios, es que no tengo puestos mis lentes. Un rato antes de entrar al quirófano, el camillero que me está trasladando me dice que tengo que sacarmelos. Me pregunta, entonces, si veo. “Si necesitas los lentes para poder ver”, aclara. Le digo que no veo bien, y me dice que, entonces, va a guardarlos en una bolsita de plástico y que cuando mi hija nazca me los va a alcanzar.
Toda la cirugía la atravieso viendo borroso. Mis recuerdos de uno de los momentos más importantes de mi vida son así, poco claros, difusos.
Lloro. Lloro de sueño. Lloro de agotamiento. No estoy diciendo nada nuevo. No me siento única, ni original. Me siento una mujer rota. Como todas.
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La noche me da pánico. Empieza a bajar el sol y baja también la angustia. Es pesada, me aprieta el pecho. Ahogo las lágrimas por momentos.
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Extraño las noches para mí. Extraño dormir abrazada a Facundo.
Ahora, duermo liviano, aunque sueño mucho y casi todo el tiempo.
Sueño que estamos, con Facundo, en un balcón. No reconozco este escenario. Abajo hay agua, parece el mar. De repente, aparece Aurora, mi hija, Facundo la agarra y la suelta. Veo cómo cae al vacío. Él me mira y me dice con seguridad: “Va a nadar”. Aurora se hunde. Inmediatamente me tiro a buscarla.
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Facundo está roncando, y me da tanta rabia que quiero morir. No escuchar nada. Dormir. Dormir profundamente.
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¿Cuándo voy a recuperarme de este cansancio?
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Ahora me preocupa que otra persona respire.
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Hoy estoy muy cansada. Me duele la cabeza, y el cuerpo no me responde. Afuera está feo, parece que va a llover. Pero no pasa nada.
Las nubes se mueven muy rápido. Me imagino yéndome. No sé a dónde, pero cualquier destino me parece bien.
En la casa de enfrente hay un rosal. Las rosas son blancas y hay muchas, nunca las había visto. Se asoman por el porche de la casa, son hermosas y frágiles. Cuando el viento las mueve, sus pétalos caen, como hojas muertas.
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Una cicatriz en mi bajo vientre. Una cicatriz prolija. No la toco. La piel es de un rosa claro, muy claro. La siento más sensible. Una cicatriz para siempre. Una cicatriz que solo yo veo.
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Yo, que disfruto de hacer muchas cosas al mismo tiempo, mientras doy la teta no puedo hacer nada. Me siento condenada.
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Tengo ideas catastróficas. Pienso que voy a apoyar a la bebé en la mecedora y se va a caer de cara al piso; o que se va a ahogar con la manta —tal como dijo el médico— o qué… qué sé yo… todo es tremendo.
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Envidio a mis gatos, a Facundo que como puede logra dormir más de tres horas seguidas, envidio a la gente que pasa caminando de madrugada, los escucho, y pienso que ellos pueden elegir si dormir o si mantenerse despiertos, envidio al perro que está apoyado a mis pies, envidio a mi hija que duerme con su boca pegada a mi pezón, aunque no lo está succionando. Envidio a toda la gente de este edificio que, imagino, sí duerme.
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Extraño a mi abuela, extraño a mis dos abuelas. Pero Gloria… la extraño a ella, particularmente. Quisiera que esté acá, poder acercarme a darle un beso en la cabeza, y que me diga “Despacio, nenita”. Quisiera volver a ser nieta.
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Soy muy cuidadosa a la hora de nombrar los partos. Ya no digo “parto natural”. Ya no pienso que lo natural sea parir.
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Un parto. Me parto. No hay metáfora.
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Mi hija va a cumplir un año. Cuando yo tenía un año, mi mamá murió.
La madre de mi ex le decía a su propia hija que ella no sabía lo que era tener un hijo, aunque sí era madre y sí tenía un hijo. Mirándola a los ojos le repetía “Vos no sos madre, vos no pariste naturalmente”.
Estoy caminando por la ciudad. Camino sola hacia la boca del subte.
Estamos en marzo, hace calor y estoy yendo a la marcha por los derechos de las mujeres. Quiero que mi hija sea libre. Mucho más libre que yo, que las mujeres de mi generación, y de las anteriores.
Amo a mi bebé, pero por momentos tengo el deseo de que desaparezca por un rato. De que por un rato la vida vuelva a ser la misma de antes.
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Qué extraño es el amor.
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Vamos por la ruta de noche. La beba duerme. El campo es una masa amorfa y oscura. Podría bajarme del auto, caminar hacia la oscuridad.
La noche me da la posibilidad de desaparecer.
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Mariana Gut/ Nací en CABA, el invierno de 1988. Soy Lic. en Psicología (UBA), Mg. en Escritura Creativa (UNTREF). He tomado varios talleres de escritura grupales e individuales, con Clara Anich, con Jimena Repetto y, por último, con Natalia Romero. En el año 2019 vio la luz mi primer poemario Todo el tiempo que estuvimos muertos (Rangún), y, en 2023, publiqué mi segundo libro de poemas: Las cosas importantes pasan frente al mar (Pánico el pánico). Llevé adelante varios talleres de escritura grupales y realicé acompañamientos individuales. En 2025, acompañé la presentación del Podcast HOY NACE, con la lectura de una selección de textos sobre maternidad en formato diario. Estos mismos son los que ahora quiero compartir por acá.
IG: @gutmariana
