Relatos/Partos

El mundo partido

Por Bárbara Duhau*

Hace 40 semanas y tres días que estoy embarazada.

A la mañana voy al sanatorio a que me digan cuándo va a terminar todo esto. Me meten una mano en la vagina y me duele. Salgo sangrando con unos apósitos que parecen pañales. En el Farmacity me compro unas toallitas. No las uso hace meses.

Comemos ravioles a la vuelta del hospital y caminamos muchas cuadras. Me compro dos libros. Uno es el que Marie le escribió a su hijo antes de morirse de cáncer. Lo leo entero mientras miro por la ventana de un café y lloro.

Volvemos a casa y G. toca la guitarra. Ya no quedan fichas sobrantes en el rompecabezas de mil piezas que terminé ayer. La panza se me pone dura muchas veces, igual que muchas otras veces antes que hoy. Me meto en la bañadera y escucho un podcast con Maitena y Ariana Harwicz. Tienen hijos y tienen que haber pasado por esto. Hablan de libros, y de hijos.

Cuando salgo del baño me siento rara, como cada vez que las drogas me empiezan a hacer efecto. Ese momento justo en el que todavía soy yo pero ya veo distinto.

Llega P. y me siento invadida. Es como si apareciera en el medio de una rave en la que bailo descontrolada y no puedo darle el ejemplo. Le pido a G. que cancele una cena con amigos porque no quiero ver a nadie. Me pongo el pijama y me tiro en la cama. La panza me empieza a doler como si estuviera por menstruar. Es un dolor que viene y se va. Olas que no molestan pero perturban.

Me meto en el que va a ser el cuarto de mi hija y me tiro en el piso. Le pido a G. que cuente el tiempo que pasa entre contracciones y en el medio reboto en una pelota gigante de plástico. Esta bola es mi resorte. Me lleva y me trae entre dimensiones.

La oscuridad llega con el dolor y la luz viene después. El dolor es como una balsa que me lleva y me trae entre dos orillas. En cada una hay una versión de mí que es distinta y la balsa también soy yo. Es un eterno retorno hacia mí misma, yo misma pero diferente cada vez que vuelvo a atravesar ese mar.

En este mundo están las cosas reales: P. que duerme, G. que va y viene, la pelota que rebota. En el otro estoy sola. Sola pero acompañada por mis propias drogas, que en vez de adormecerme me activan.

Siento que me expando y floto y a la vez me hundo. Si no estoy muy consciente me derrumbo y el dolor me gana. Si me creo que voy a poder el dolor se termina más rápido y me deja recuperar la fuerza. Sigo en ese trance un rato largo. No sé cuánto tiempo pasa pero en algún momento me parece que tengo que pedir ayuda.

Llamo a la partera y le cuento lo que siento. Le hablo desde este mundo, el de las cosas reales, y sueno demasiado centrada porque me dice que tome dos pastillas y espere una hora antes de volver a llamarla. Cree que es una falsa alarma y no se me ocurre qué decirle para convencerla de que esta es realmente una bomba a punto de explotar.

Salgo a la terraza. Tengo mucho calor y necesito ver las estrellas. La luna se ve brillante sobre mi cabeza, o eso es lo que quiero creer.

Cuando se hace la hora yo ya soy un animal que se agarra de las paredes y baila. No puedo estar quieta. El dolor se hace insoportable si no me muevo. Entre contracciones preparo un bolso. Me visto con la ropa que usé durante el día. Me miro al espejo y no me veo.

Mi marido despierta a P. para llevarlo a dormir a otro lado. Lo veo como si fuera un fantasma. No puedo ocuparme de él, me estorba, vuelve demasiado real este dolor.

En el viaje en auto soy una fiera enjaulada. Necesito moverme y no puedo. Me agarro a todo lo que encuentro y hago fuerza. Cierro los ojos y me siento subida a la proa de un barco. El viento me pega en la cara. Las olas de dolor me sacuden.

En el hospital no hay nadie. Es la madrugada de un feriado y solo llegó la partera que parece de 15 y está vestida de calle. Es la primera vez que la veo.

Me mete la mano entre las piernas y por su cara intuyo que algo está mal. Me mira directo a los ojos y me dice que esto ya está. ¿Qué es lo que ya está, pienso, si yo sigo subida a este mástil? La partera dice que va a llamar a la obstetra porque ya estoy para parir y se va a buscar papeles junto a G. Me quedo tirada en una camilla. Sola. Hay demasiada luz.

Una enfermera entra y me da un camisolín para que me ponga. Como puedo me meto en un baño y me veo las pupilas enormes. Me saco la ropa y me encanta no tener nada sobre la piel. Cuando vuelvo a la habitación me piden que me suba a una camilla y me quede quieta. No puedo estar quieta. Si no me muevo me derrumbo.

Intento volver a la otra orilla, la mía, la de mí misma, la de mi soledad interna, pero me interrumpen con preguntas. Que cómo me llamo, que cuántas semanas tengo, que cuándo llegué a esta vida. No respondo. ¿Nadie sabe que no se puede hablar subida al dolor? ¿Que el dolor lo toma todo y no te deja nada?

Cuando se va la contracción respondo en diferido, como una interpretación bilingüe que se transmite a destiempo entre mis dos mundos.

La partera aparece de nuevo con una silla de ruedas. Odio todo lo que está pasando. Pude caminar hasta acá y necesito moverme pero insisten en que me suba y esté quieta. Otra vez me convierto en un animal encadenado. Le grito a todo el mundo lo

que no quiero hacer pero obedezco. Necesito ayuda para atravesar este mar agitado y ellos son mis salvavidas.

Mi obstetra llega con anteojos y cara de dormida. La siento cerca, como si hablara en mi mismo idioma. Entre contracciones le sigo las órdenes. Durante el dolor desaparezco y le pido que hagan silencio.

En algún momento algo se destraba. Mis remos se rompen y siento que es el momento de tirarme al agua y nadar contra la corriente. Mi obstetra sigue mi coreografía aunque yo no sepa cuál es mi próximo movimiento. Me corrige la postura como si fuera mi profesora de nado y creo que estoy lista para tirarme de cabeza.

Un montón de gente que nunca vi antes aparece alrededor mío. Son los extras. Bailarines soporte que me levantan para que pueda dar el salto. En el siguiente dolor cegador hundo la cabeza en el agua y hago un montón de fuerza, como si tuviera branquias y pudiera respirar sumergida. Otra vez emerjo a la superficie, tomo envión, respiro fuerte y vuelvo a hundirme. Veo profundidades de oscuridad pero me obligo a buscar la luz de algún pez que me guíe. El mundo sobre el agua me enceguece. El fondo del mar ahora parece más luminoso.

En la respiración siguiente un faro me da en la cara y siento que estoy llegando a destino. Escucho un sonido de huesitos que se acomodan, como si se estuvieran haciendo sonar caracoles, y de repente el mar se convierte en arena y mis dos mundos se separan. Toco tierra firme de mí misma y desde el mar veo un molusco violeta que se acerca despacio a mi pecho. Desde mis ojos veo el mundo partido. Está este mundo, el de mis cosas reales, y está este otro, que hasta recién también era mío y ahora ya no sé. Es un mundo que me mira y salió de mí, pero que ya no me pertenece.

 

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Ella/ Bárbara Duhau nació en Buenos Aires en 1989. Es Licenciada en Comunicación (UBA), Diplomada en Comunicación, Género y Derechos Humanos (CPI-OEA), especialista en innovación estratégica y escritora. Publicó Criaturas insensibles (Galmort, 2009) y Forasteras (La Parte Maldita, 2013). Actualmente dirige el estudio de innovación Supernova y la comunidad digital de mujeres y escritura Berta Lit. Este relato de parto forma parte de Vida propia, un diario en edición sobre su experiencia de convertirse en madre.