Nostalgia del futuro

Yo + alguien

Por Daniela Pasik*

Hoy entendí en el cuerpo, en cada célula, el “voy a comprar cigarrillos” y no volver. Pero volví. Hay cosas que nunca se dicen en público, como que ese “brillo” de las embarazadas es sudor; que el parto es maravilloso, pero a veces trae hemorroides; que tu bebé es conmovedor, una fuerza de la naturaleza, y también te aburre. Mi hijo ya tiene 15 años, pelos en el pecho, voz gruesa y mide más de un metro ochenta. Llegué hasta acá harta, sobrepasada, asfixiada y a la vez tranquila, confiada, acompañada, completa en nuestra mini familia de dos. Casi nadie confiesa, acepta o habla de la capacidad que tenemos las madres para el abandono, que es tan instintiva como gestar o parir y mucho más tangible y sólida que quedarse y criar.

Irse lejos, no volver, es el slogan de mi mente desde que me enteré que iba a ser madre. Soy madre en solitario, además, así que el sentimiento es exclusivamente mío, una carga que no comparto, y con la que discuto y batallo cada día, sin dupla. La idea de escape no comenzó ahora, que el pibe se puso, digamos, difícil por su adolescencia. Sería fácil entender eso, transformarlo en un “ya va a pasar”. Es algo que viene con la maternidad, en combo indivisible, empieza cuando sabés que vas a ser responsable de un hijo y se termina, me imagino, cuando estás muerta. Es natural querer zafar. Por eso, para ganar la batalla y quedarme, desde el sexto mes de embarazo comencé a escribirle un diario a Fausto.

Mi plan era dárselo cuando él tuviera 28, los años que tenía yo cuando empecé a escribirlo, y que de algún modo conociera a una Daniela de su misma edad. Pero el chabón me salió precoz, mega inteligente y algo iracundo. Así que hace un mes escribí la última entrada y al día siguiente se lo di. Estábamos en uno de esos momentos tremebundos, en los que se enoja por algo inexplicable y yo solo quiero escapar, que se calle, que me deje estar un rato sin explicar todo ni hacer la cena, rendir cuentas, pagar cosas, solo pensando en mí, mi ombligo, yo, yo, sola, tranquila. Ahí, justo cuando buscababoletos de avión a la otra punta del planeta en la agencia de viajes de mi mente, otra vez, como siempre desde que el test de embarazo dio positivo, contra todos mis instintos, en vez de comprarlo, me quedé.

Es un cuaderno de tapa verde, con algunas hojas que se fueron soltando, pero están enganchadas con clips. Son rayadas, blancas. La letra es a veces prolija y otras, despatarrada, como arañas apuradas. Hay distintas biromes y marcadores, pero no en un plan estético. Se ve que se terminó la negra y apareció una azul. Un periodo parece que tuve un pilot violeta. Algunas partes están en rojo. En la retiración de tapa hay una foto hermosa de mi hijo sonriente al año y medio con un gorro coya. Es una impresión de la foto, en realidad, y está como granulada. Recuerdo que me la regaló alguien, pero no quién, y que me gustó, o que me dio culpa tirarla, o un mix de ambos. No sé por qué no puse una foto real. Tenía esa cerca, tal vez.

Ahora pienso que habría estado bueno hacer algo que sea más lindo. Con letra estable, en tonos combinados, imágenes de buena calidad. Pero así, improvisada, también soy yo. Y así decidí ser madre: desprolija, remachada, emparchada, con partes sostenidas con clips o cinta scotch, en varios colores, con lo que tengo a mano, porque me gusta, porque me da culpa, todo contenido en un paquete hecho lo mejor que pude, con amor, pero más que nada con tremenda inconsciencia del futuro.

julio de 2002
Acá comienza todo. Por lo menos todo lo que voy a dejar escrito. Fausto no nato aun, te movés en mi panza ahora y yo me pregunto si nos llevaremos bien, si seremos buenos amigos y qué tipo de relación vamos a tener.

El resto de la primera entrada, pienso ahora, mezcla un egocentrismo del que en su momento no me daba cuenta con un amor inmenso que intentaba entender y todavía no me explico. No me acuerdo cómo ni cuando escribí cada cosa. No logro visualizarme a mí, sentada, escribiendo nada de todo eso, pero al releerme me reconozco y todavía me sigo preguntando ¿qué es este sentimiento? ¿Amor? ¿Cómo puedo yo estar tan segura de algo que siento por alguien?

Mi embarazo fue muy feliz, eso lo recuerdo, pero es fuerte constatarlo. Nunca me sentí más calma, centrada, que como cuando estaba embarazada. Yo no solía -ni volví a soler- ser una piba que andesalticandopor la vida, arco iris de colores y todo brillantinas. La gestación, contra todo pronóstico, me llevó a un jipismo que me resultaba en su momento natural y ahora, releyéndome, se me hace hilarante. Y envidiable. Extraño eso tanto como el olor a galletitas de los cachetes de Fausto a los tres años y su forma de bollito cuando dormía de bebé en mi cama en un colecho instintivo que creamos sin que yo supiera que existía el concepto.

agosto de 2002
De pronto me encontré a mí misma cantando una canción, más bien tarareando sin sentido. Me acordé que de chica siempre tenía como unas locuras amenas y eso me hacía sentir especial. Me acorde que desde mis ojos de nena creía que los grandes eran aburridos, opacos. Nunca vi a tu abuela o abuelo graciosamente sueltos cantando porque sí. Tengo que mantener esta alegría siempre para compartirla con vos. Me parece un buen regalo para los dos.

Eso lo escribí en el séptimo mes de embarazo. La hoja siguiente, del día exacto siguiente, comienza así:

Hay veces que me agarran unas tristezas, ¿sabes? Algunas veces tienen un motivo concreto y otras tantas no tengo ni idea de por qué vienen. Espero que no te pase, espero que me lo entiendas, espero que no te afecte.

El último año nuevo mi hijo no quería pasarlo conmigo porque estaba en una etapa de esas de odiarme. Estuve triste gran parte de diciembre porque llegue a creerle. Pero por esa cosa inexplicable, en vez de dejar mi silueta marcada en la pared que rompí al salir corriendo hacia otro hemisferio, me quedé. Otra vez. No fue estoica, me costó mucho. Pero lo hice. Me quedé queriendo irme todo el tiempo. Y al final la pasamos bien. La adolescencia, enfrentarse como adulto a esa energía, pone a prueba el amor, ese que no se entiende cómo sigue. Pone a prueba la resistencia. Pone a prueba todo. Pero se sigue. O alguna gente sigue. Yo seguí, sigo.

7 de septiembre de 2002
Cada vez falta menos. Quiero verte ya mismo y a la vez estoy aterrada. Me asusta el dolor, ¿cómo vamos a hacer para que salgas? ¿cómo paso una sandía por mi mini canal?. Igual, lo que me aterra más es la sensación de que voy a quedar toda la vida, el resto de mi vida, atada por este amor. Me da horror el momento de después, cuando salgas, mi entrega posterior, como hacer para seguir siendo yo.

Nueva identidad: Yo + alguien.
Alguien: persona nueva – yo.
¡Puf!

19 de septiembre de 2002
¿Sos rubio, morocho o pelado? No puedo creer que mañana a esta hora vas a estar acá al lado mío. El parto es para disfrutar y flashear con la experiencia, no todo el mundo es una mujer con la posibilidad de parir. Me siento afortunada.

Ahí se interrumpe la entrada al diario. No fue un flash. No la pasé estupendo, violencia obstétrica mediante. Y al día siguiente no solo mi bebéno estaba conmigo, sino que lo habían llevado a una neonatología en otro lugar, a cinco barrios de distancia, y yo, toda cosida, dolorida, me daba alta sola para ir a verlo. Empezamos así, en un maniqueísmo feliz-dramático. Después todo salió bien. Y así seguimos. En ese loop.

18 de octubre de 2002
Soy la mamá de alguien. Alguien que duerme tranquilo si me tiene cerca. Soy la mamá de Fausto, un pequeño cabrón que me tiene loca.

Ja, pienso cuando me releo. Aplicable al bebé de días de hace 15 años y al adolescente que tengo ahora en casa, a dos cuartos de distancia, preparando o diciendo que prepara las materias que tiene que rendir para pasar de año. El diario lo seguí hasta 2007 con regularidad. No cotidiana, pero sí semanal o mensual. Hay anécdotas, algunas las recordamos y otras las redescubre el texto. Hay narraciones de nuestros días, de cómo éramos y que hacíamos, crónicas de su/nuestro crecimiento. La varicela, el primer día de jardín, una mudanza, nuestras rutinas, dialoguitos brillantes, inocentes, iluminados, mis reflexiones de cómo veía que se iba desarrollando su carácter.

1 de agosto de 2007
-Haceme caricias, mami, así suavecito por acá y por acá.
-Sos muy mimoso vos, eh.
-Sí, pero también muy feroz.

Jueves 16
Nos peleamos recién y estás en tu cuarto refunfuñando enojado. Me da mucha risa.

Esas son las últimas anotaciones. Si todo no fuera tan intenso, adolescencia mediante, casi podrían ser actuales. Al final hay una especie de post scriptum que hice el 10 de enero de 2018, antes de darle el diario, mientras me imaginaba manejando un auto por la autopista a toda velocidad, en dirección contraria. Es una pequeña carta de amor. Cada letra formó una palabra, que hizo una oración y se convirtió en un texto que otra vez me reubicó en esa certeza inexplicable de que sin saber cómo ni por qué igual me voy a quedar.

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Daniela Pasik es porteña y vive entre Balvanera y el Delta del Tigre. Hizo los libros de investigación Porno Nuestro. Crónicas de sexo y cine, con Alejandra Cukar (Marea, 2014), y Hacerse (Grijalbo, 2010). Publicó Historia de una chica que se enamoró de un pez (micronovela, Funesiana, 2009), Inicio (nouvelle, EDUVIM, 2011) y alucinada (poemas, Modesto Rimba, 2017). Trabaja como periodista y dicta talleres de narrativa.