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Hola hija

Mi mamá, cada vez que yo cumplía años empezaba a contar cómo había sido el parto, estaba en su casa viendo “Dinastía” y rompió bolsa. Lo repetía igual año tras año. Nunca entendí la insistencia en repetir el relato, nunca hasta hoy. Ahora sé que se trata de la necesidad de recordar, de volver a vivir, de atesorar esos momentos.
Quisiera volver a vivirlo todos los días de mi vida, los olores impregnados, la sensación de que todo sea tan nuevo, tan mágico, tan natural.
Me acuerdo cómo me cambié para entrar a la sala de partos, temblando, sin saber lo que se vendría. La partera me preguntaba cosas y yo no sabía lo que le respondía. Sabía que en cuestión de minutos mi vida iba a cambiar para siempre.

Entramos al quirófano porque naciste por cesárea, y a pesar de eso nuestro encuentro fue muy feliz. Me suben a la camilla y me empiezan a pinchar y poner cosas por todos lados. Me acuestan y entra tu papá vestido con un ambo de médico. Ahí, instantáneamente, me enamoré de vuelta. En ese momento supe que ya estaba listo para ser padre. No me equivoqué.
En cuestión de segundos ya estabas saliendo de mi útero. Eras una bolita cubierta en vernix, no podía creer que fueses real, que estuvieses ahí. Llorabas. Papá te puso al lado mío y te di besitos y dejaste de llorar. Ese fue el milagro más grande que vi, el de la vida.
Tus primeros días fueron hermosos, rodeados de ternura y sensibilidad. Nos convertiste en familia, nos hiciste más fuertes.
Me sentía tan poderosa, te llevé dentro mío, te alimenté con mi propio cuerpo; y a la vez tan vulnerable, todo lo que podía sentir dependía de una personita tan pequeña. ¡Por favor universo que no te pase nunca nada!
Así pasaron las horas, entre teta y siestas; los días de pañales y canciones; los meses de primeros movimientos y olorcito a vos.
¡Qué rápido! Trescientos sesenta y cinco días.
Le pedí a la vida que espere un poco, que me de más tiempo, que te quedes así bebita de mamá, en mis brazos donde pueda acunarte y protegerte para que nada ni nadie pueda lastimarte. Pero no, la vida es más sabia y no me hizo caso, porque sabe que no hay mejor regalo que verte crecer. No hay remedio más efectivo que tus carcajadas sinceras y puras, esas risas que curan y hacen que todo valga la pena.
No sé cómo hacer para guardar todos estos momentos, quiero retenerlos, congelarlos y no puedo. No me alcanzan las fotos, por eso trato de hacer lo que mejor me sale… disfrutarte lo más que puedo.
Gracias hija, en estos doce meses aprendí un montón de cosas, pero la más importante es que me enseñaste a vivir el presente.
Para tu primera vuelta al sol quiero desearte que seas siempre libre, que ningún pensamiento te ate, que vivas como lo hacés hoy feliz y desaforada, que siempre que tropieces vuelvas a levantarte con más ganas que antes de seguir caminando. Deseo que ames tanto como nosotros te amamos a vos, porque es lo más lindo que se puede sentir y no hay plenitud más grande que esa.

 

 

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fotos/ Flora Dido es productora y madre de Daria. Dirigió la agencia digital Ritmo y la galería Club Albarellos en Tigre. Podés ver más de sus fotos en www.seminomades.tumblr.com