por María Victoria Buccieri*
Para Silvina
Es lunes 14 de abril de 2025. Un lunes de arriba. Estás esperando en el quirófano. Te rodean muchas personas que no lográs identificar. Estuviste tratando de mantener la calma pero ya no te resulta posible. Te largás a llorar, suave y en silencio. No podés evitarlo. Ellos se dan cuenta de que no estás bien y tratan de distraerte, hacerte sentir mejor. Pero vos no querés hablar de lo que te pasa. Tenés miedo. Estás aterrada. Te parece que, si hablás, se va a recrear el pasado. Sentís que nunca antes la pasaste tan mal. O sí, en realidad, pensás: fue peor cuando tu hijo mayor estuvo al borde de la muerte.
La partera te abraza. Te habla del zodíaco. Le seguís la corriente para pasar el tiempo. Te cuenta que una de sus hijas es de Aries, igual que lo será la tuya. Y te pregunta por tu hijo mayor. Ves el paralelismo. Evidentemente ella no se acuerda. Pero vos sí te acordás. Te acordás de todo. Es Sagitario, le respondés, del 26 de noviembre, igual que otra de sus hijas.
Tenés mucho frío. No estás segura de si son los nervios o que te descubrieron la espalda para aplicarte la peridural. Te piden que curves la columna, te inyectan tres, cuatro veces distintas. Te sometés al dolor y entregás tu cuerpo. No vas a ser la única. La instrumentadora de las células madre se acerca y te susurra que está todo listo, que va a tratar de conseguir la mayor muestra posible.
Llega tu obstetra. Suena Yellow de Coldplay. Te puso música que te gusta, para que te relajes. Vos no creés en las listas de reproducción, las canciones elegidas para el momento del nacimiento, todo te parece una frivolidad. Pero no te estás esperando escuchar los acordes conocidos y te emociona más sentir que están en cada detalle.
Cuelgan una tela enfrente tuyo. Sentís la presencia de tu marido que te acompaña desde atrás, pero no podés verlo. Te piden que extiendas los brazos a los costados. Que por nada del mundo toques nada. Es una especie de crucifixión. Comienza tu cesárea.
*
Te ves hinchada y te parece increíble que una nueva vida esté creciendo en tu interior. Todavía no van ni dos meses pero sentís que tenés que cobrar valor para afrontar lo que viene. Lo que te pasó seis años atrás fue el momento más difícil de tu vida y ahora vas a tener que ponerte de nuevo cara a cara.
Lo elegiste, sí. Querías ser mamá otra vez. Pensás que les va a hacer bien a todos. Una experiencia sanadora, de redención. La curación a través de la experiencia, para vos, que lo viviste todo con tu cuerpo. Y también pensás que va a ayudar a la familia entera, para descomprimir las tensiones sobre tu hijo mayor, que tiene discapacidad y necesita que lo dejen un poco en paz. También creés que él lo estaba esperando.
Cuando le contaste que iba a ser un hermano mayor, te miró azorado con los ojitos llenos de brillo. No dijo nada, porque todavía sigue sin poder hablar, pero quiso ver varias veces seguidas el capítulo donde Daniel Tigre, su dibujito preferido, se entera de que va a tener una hermana. Vos te levantaste la remera y le mostraste la panza diciendo: “¿Ves a Mamá Tigre, que tiene a Margaret en la panza? Yo también, acá tengo un hermanito o una hermanita para vos”. Que alguien te venga a decir que tu hijo no entiende. Claro que lo hace; es el resto del mundo el que no lo comprende a él.
Pero ahora tenés que seguir llevando adelante el día a día con discapacidad, siendo mamá y engendrando una nueva vida. Y un poco te asusta. Pensás en los siete meses que faltan y te prometés que te vas a acostumbrar a la idea. Tu marido seguro también está preocupado, pero no te lo dice.
La diferencia está en que vos lo viviste todo con tu propio cuerpo. Cada tanto sentís el tirón de la cicatriz de la episiotomía los días de humedad, conocés la sensación de sobreponerte al dolor de la lactancia sin tu bebé, de anteponer a tu hijo como sea, de adelgazar nueve kilos en apenas unos días tras el parto por el estrés de la situación, de que te salgan canas de la nada y te aparezcan mechones blancos, de seguir viendo las imágenes que de vez en cuando te pasan por delante de ese 26 de noviembre por la tarde, que tanto te ocupaste de relatar en voz alta para tu proceso de sanación, pero que recién ahora te animás a poner en palabras escritas, porque sentís —o esperás— que sea la forma de cerrar esa dolorosa etapa y seguir adelante. Creés que tu segundo hijo o hija no puede ni debe crecer a la luz de esto.
El cuerpo tiene memoria y tenés que luchar contra eso. Imbuirte un poco de esa sensación de completa despreocupación que te acompañó durante tu primer embarazo, y que suele acompañar a las madres primerizas y a las reincidentes que no les pasó nada.
Tenés que volver a ganar seguridad, pensar que esta vez va a ser por cesárea y soñar que vos también vas a poder tener a tu bebé en brazos ni bien salga de tu vientre, que no vas a tener que esperar una semana para poder levantarlo de la cuna esquivando los cables. Que vos también vas a poder amamantarlo en la cama de la maternidad y no vas a tener que lidiar con las máquinas industriales de los lactarios de la neonatología, pasarte horas encerrada ahí simulando que tenés un bebé que te demanda, mientras que tu hijo en realidad está inconsciente en una cuna de terapia intensiva. Que vos también vas a poder tener esa foto de la madre con el recién nacido, que tanto evitabas ver de otras mujeres porque no tolerabas el dolor que te generaba.
Pero para eso hay que llegar hasta las treinta y ocho o cuarenta semanas. Y falta mucho.
Tu primer hijo nació a las treinta y siete semanas y media, se adelantó tres semanas de la fecha de parto. Pensás que fue porque el día anterior habías hecho mucho esfuerzo físico y esta vez querés remediarlo. Si no se adelantaba, tal vez ibas a cesárea directo y nada de esto pasaba.
Ese día no tenías miedo. Llegaste a control a las ocho de la mañana y ya estabas dilatada. Te dijeron que nacía ese día, que fueras a desayunar y a caminar y que te internaban al mediodía. Siempre tuviste mucha tolerancia al dolor y a duras penas sentías las contracciones, que venían como ligeras cosquillas cada cinco minutos. Estabas muy tranquila. La médica que te controló más tarde para la internación se sorprendió de tu tranquilidad, en comparación con otras madres que entraban a los gritos. Pero vos tenías una certeza absoluta de que todo iba a estar bien. Diste varias vueltas alrededor del sanatorio, caminando con tu marido, y él hasta quiso jugar el “26” al cruzarse con una agencia de lotería. Había algo de destino en todo eso. Por supuesto, el número no salió. No es que a vos te importara, inmersa en medio de la tragedia.
Esos recuerdos te dan dolor: cómo el juego se convierte en vergüenza. Al igual que el abultado stock de pañales que estaba esperando en casa, y que debía alcanzar hasta los seis meses de vida del bebé gracias a una perfecta estimación de uso. Casi se queda sin servir para nada.
Cuando fuiste a desayunar, escuchaste una voz conocida. Una voz que habías escuchado tantas veces en el pasado y fue inconfundible para tu oído. Era tu profesora de literatura de la secundaria que tomaba un café en el mismo lugar. El encuentro te alucinó y le dijiste “qué buen presagio encontrarte hoy acá”.
*
En la sala de partos están la obstetra, la partera, el anestesista, tu marido y vos. Todavía no sentís que el bebé esté por nacer, pero sabés que todo se desencadenará pronto. El clima es ameno. La partera comenta que hoy también es el cumpleaños de su propia hija y que cuando termine el parto se irá a la casa a cocinar una torta.
Hay un reloj enfrente tuyo, pero no mirás con atención. Van pasando las horas. Estás cansada ya. Tratás de pujar como te dijeron en el curso de preparto pero no te sale la fuerza desde donde tiene que salir. Te hacen probar distintas posturas, pero la situación no avanza. Te pasan tantas cosas que escribiste y borraste; te da vergüenza expresarlas sobre vos misma. Una vez más quedará en el saber tácito de las mujeres parturientas.
¿Qué sabías vos cómo era un parto? Nunca habías visto uno más que en las escenas lavadas de las películas. Y nadie te cuenta la verdad. Quizás en el pasado, en las comunidades antiguas, las mujeres se asistían unas a otras, conocían este rito con sobrada experiencia. Pero, para vos, tu primera experiencia es la tuya propia. Y tu imaginación.
Te acuestan de nuevo en la camilla. Te aprietan la panza desde arriba para ayudar a bajar al bebé y entonces, no sabés cómo, esta vez sí pujás bien: sale la cabeza.
—¿Querés tocarle la cabeza? —te pregunta la obstetra.
Vos querés. Estás emocionada. Estirás la mano a tu entrepierna y sentís una pelusa mojada, ligeramente rugosa, de cabello pegoteado contra el cráneo tibio. En el curso de preparto dijeron —lo recordás bien— que, si sale la cabeza, sale el cuerpo, porque los hombros se acomodan en diagonal y despejan el camino. Te preguntan si querés tocarlo otra vez, pero decís que no. Querés seguir y que esto termine.
—¡Hay parto! —gritan y entonces entran, como en un operativo de máxima velocidad, nuevos médicos y enfermeras.
Pujás y pujás pero el bebé no sale.
El anestesista te levanta la pierna derecha bien arriba en una postura imposible, mientras te presiona la panza por todos lados. La obstetra y la partera se turnan con sus manos para tratar de sacar al bebé de adentro de tu cuerpo. Nunca viste un parto de verdad, pero pensás que así no puede ser. Que esto no era lo que tenía que pasar. Todo te parece muy raro, las posturas incómodas que ni siquiera podés describir, el nerviosismo que sentís latente entre los expertos. No sabés cuánto tiempo pasó desde que salió la cabeza, pero sentís que se está haciendo largo y no entendés por qué no termina de salir el cuerpo.
La obstetra te mira con fuerza y te grita:
—¡Vamos, Victoria!
Es una orden desesperada. Querés hacerle caso. Pujar bien. Pero no sabés cómo. No entendés qué está pasando. Ya no sabés qué más hacer, tu cuerpo no te responde. Seguís intentando como sea, para que tu bebé termine de salir de vos. Pero no te sale. Es un torbellino que te envuelve, te golpea, te desarma. Te deja inútil, indefensa, como una masa amorfa, como un cuerpo doble que no puede dividirse.
La vaga idea de rendirte quisiera entrar en tu cabeza. No la querés dejar pasar, pero ya estás exhausta, tus músculos están débiles, cansados de tanto esfuerzo. Quisieran abandonar la sala de parto, salir volando lejos a un espacio vacío donde no exista esta realidad. Tan tangible. Tan cruel.
Con la poca fuerza que todavía queda en tu cuerpo extenuado, quisieras intentar una vez más y otra y otra. Pero no sos consciente ya de lo que pasa con vos misma ni con tu entorno. No sabés ya si estás pujando o estás dejándote llevar por la desesperación y el desconcierto.
Y, de pronto, no sabés cómo, sí sale tu bebé. Es un bebé grande, con un cuerpo fláccido y largo que cae hacia abajo. Está completamente azul. No se mueve. No llora, como sabés que deben hacer los bebés al nacer. Tiene la cabeza cubierta de un pelito marrón, el mismo que tocaste con tus manos unos momentos atrás. Son las cuatro y treinta y cinco de la tarde del 26 de noviembre de 2018.
La voz dulce de la enfermera te dice:
—Dale un besito.
Te lo acercan, colgando como está, y se lo das. Pero no entendés lo que pasa. Sentís que algo está muy mal.
—Dale otro besito —te repite.
No querés. ¿Qué es eso? ¿Una despedida? Querés que se lo lleven. Querés que se lo lleven rápido.
Se lo llevan a reanimar. Tu marido se va siguiendo al bebé. No se dio cuenta plenamente de lo que vos viviste. Te quedás sola y alumbrás la placenta, que es una pelota turgente, llena de sangre y vida, que está caliente, que late todavía como una contradicción rotunda de la vida que tenías hasta ese momento en tu interior y al salir de vos se convirtió en muerte. Una placenta latiente y un bebé inmóvil.
Ves que la obstetra te cose la episiotomía. Notás que da puntadas y puntadas, no para de coser.
—¿Cuántos puntos me diste?
—No sé. No los conté.
Evidentemente es un tajo muy grande.
*
Al rato vuelven. Te traen a tu bebé en una incubadora para que lo veas. Ahora sí respira y emite unos grititos muy tenues. Empezás a cobrar conciencia y te largás a llorar. Lo ves a través del vidrio, pero no lo podés tocar, ni agarrar. Sabías que en este sanatorio te ponían a tu bebé al pecho en la sala de partos. No va a poder ser. Y la realidad está muy alejada. Todo es peor de lo que imaginaste.
Se lo llevan a la terapia intensiva y a vos, a tu habitación de maternidad. Te cruzás con tu familia mientras te llevan en la camilla. Están felices. Y les interceptás la felicidad. Les decís que algo no anda bien y ves cómo se transfigura su cara. Te quieren levantar el ánimo. Te resulta intolerable. No querés que te levanten el ánimo. Te ves en la obligación de relatar y explicar lo que pasó y ser vos misma quien le levante el ánimo al resto. Cuelgan en la puerta de la habitación un moño artesanal con el nombre de tu hijo que te envió tu familia de Italia. Te molesta. No querés que esté el moño y tu hijo no esté. Vas a quitarlo de tu vista ni bien se vayan todos.
*
Distocia severa de hombros. Te explican. Eso es lo que pasó. Te decís: es mentira entonces que, si sale la cabeza, sale el cuerpo. Hay veces que no. Que los hombros quedan trabados. ¿Por qué lo dicen entonces? Tu hijo quedó trabado en tu cuerpo. Se asfixió. Porque el cordón se aplastó contra la cabeza, que sí salió.
Es lo poco que te explican por el momento. Te quieren preservar. Si tu hijo sobrevive, tenés que estar entera, y se están ocupando de eso. El resto te lo vas a enterar después.
Entendés que fue una fatalidad. Con una incidencia bajísima. Que tu caso era imposible de diagnosticar. No tenés sobrepeso. Ni diabetes gestacional. Y el bebé no tenía macrocefalia. La última ecografía tenía un peso razonable, pero vos, que sabés de estadística, pensás que hay un margen de error tan grande en el sistema que es imposible conocer el peso exacto. Fue quizás una cuestión de combinaciones. Resultó quizás un bebé grande para tu tamaño —3,540 kg—, pero ¿bebés cuánto más grandes nacen sin problemas todos los días en los hospitales?
Sabés por tu hermana que la obstetra también está consternada. Le confesó que el tuyo fue uno de los peores partos a los que asistió en veinticinco años de profesión y hasta se planteó dejar de hacer partos naturales. Y todo eso pese a que conoce bien las maniobras de emergencia, las explica en clase en la facultad, las aplica en los hospitales públicos con bebés de cuatro o cinco kilos sin problemas.
Tu hermana te traduce. Son cuatro maniobras. La primera es extendiendo la pierna de la madre hacia arriba. Te acordás bien, fue tu primera señal de que algo era muy extraño. Pero hasta ese momento estabas tranquila y, recordás, todos parecían tranquilos. Ella te dice que la mayoría de las distocias se resuelven con esta maniobra, que a vos no te funcionó. La segunda, tal vez, te dice tu hermana, no estás segura, se te mezclan los conceptos, ¿romper la clavícula del bebé? Ya ahí no te acordás de nada más, dejaste de registrar lo que pasaba con vos, no eran maniobras visibles, sino internas, era algo que pasaba muy fuera de tu conciencia. Algo que estaba ocurriendo en paralelo a tu existencia y, sin embargo, en tu propia existencia. Una contradicción rotunda, algo que no te estaba pasando a vos, pero sí te estaba pasando; algo que le estaba pasando a él, ahí, ahí adentro. De alguna manera ya sentías la tensión latente, aunque no veías, no entendías, sólo percibías, con esa claridad increíble que pueden tener las personas en los momentos de gravedad. Y, evidentemente, la segunda maniobra tampoco funcionó. Vino la tercera. No entendés lo que te dice tu hermana. Ya todo es demasiado técnico, y vos no sabés nada de anatomía. Pero ahí es cuando sacan a tu hijo. Agradecés que haya sido así porque la cuarta… la cuarta maniobra es volver a meter la cabeza para adentro y hacer una cesárea de urgencia, pero ¿es que siquiera el bebé sigue vivo para ese momento?
Vos no tuviste que llegar a la cuarta maniobra, pero estuviste cerca. Y meses más tarde, la obstetra te contará los detalles.
—Cuando no funcionaron las primeras maniobras, traté de romperle la clavícula. No pude… Era un bebé muy fuerte. Se acababa el tiempo y se estaba quedando sin aire. Se moría. Yo no soy creyente —te confiesa— pero antes de la tercera maniobra, levanté los ojos al cielo y pedí: “Por favor, Dios, ayúdame”. Y lo saqué.
Así nace tu hijo. Lo saca cuando le baja el tono muscular por la asfixia, porque se estaba muriendo, con la cabeza afuera y el cuerpo adentro tuyo, y esos hombros que lo trababan todo.
Pero ella le salva la vida. Ella también será la obstetra de tu segundo hijo o tu segunda hija. Te dijo hace poco que, si hay un parto que quiere hacer, es éste. Creés que también podría estar nerviosa, como vos, pero te transmite seguridad y amor. Hay algo mucho más profundo que las une.
*
Estás tendida en la camilla sin sentir tu cuerpo, sólo te parece que trabajan sobre tu vientre, que te tocan, te mueven. Te empezás a marear, te está bajando la presión. Te sentís mal, muy mal. Te inyectan medicamentos para reanimarte. De a ratos te parece escuchar fragmentos de canciones conocidas; continúa en automático la lista de reproducción.
Sólo sabés que tenés que resistir un poco más, pasar como sea este momento. No te parece un trámite de cinco minutos, como te habían hecho creer. Estás padeciendo cada segundo. Querés vomitar, querés desmayarte. Pero sabés que todos ahí te están cuidando con cariño.
Hay algo tácito, que nadie dice, de la experiencia pasada. Que no puede ser plenamente tapada por la cesárea, por la música o por el ambiente ameno. Es algo que está y a vos te persigue hasta el final. Escuchás frases sueltas, “es que está muy nerviosa”, “ahora entiendo”, “viste que te conté”, que se mezclan con la letra en inglés de lo que está sonando, que se mezcla con tus miedos y recuerdos y la necesidad desesperada de que todo termine.
Pero, en un momento, se escucha el llanto de tu hija. Es un llanto tibio, un gorjeo suave, de vida. Sólo ves la tela celeste enfrente tuyo pero la escuchás llorar. Esta vez sí, la escuchás llorar. “Todavía ni saliste y ya estás llorando”, le dicen, “qué linda que sos”. Ya está llorando, te repetís, te das cuenta de lo que significa para vos y no podés contener los sollozos. De felicidad, de emoción, de sentir que las cosas pueden ser diferentes y también por la angustia del pasado, por la injusticia del pasado.
De pronto aparece tu hija por encima de la tela. Te la alcanzan todavía conectada con el cordón. Esta vez no vas a ver la placenta; en cambio, la vida está ahí mismo, arriba tuyo, envuelta en una grasa blanca que le cubre el cuerpito recién nacido, caliente contra tu pecho. La besás, llorás, le das la bienvenida a este mundo. Ves que se calma enseguida con vos, porque vos sos su mamá.
Sabés que se la tienen que llevar para los primeros controles, pero que volverá pronto con vos, que ya no se separará.
Otra vez quedás sola en la sala mientras terminan de coserte. En el aire hay olor a sangre, a quirófano, a quemado, a cauterización. Pero vos no sentís nada de todo eso; sólo percibís el dulce aroma de la nueva vida.
La instrumentadora de las células madre se acerca y te muestra una bolsa grande de sangre y el cordón umbilical envuelto en otro plástico hermético, es blanco, rugoso, enrollado sobre sí mismo en un líquido sanguinolento. Te dice que pudo hacer una muy buena extracción y te desea mucha suerte, que ojalá el tratamiento funcione. Vos también lo esperás, porque la esperanza siempre está. Y éste es el primer paso para, en algún futuro, poder realizar un tratamiento en el exterior, donde las células de la hermana puedan mitigar las secuelas de la discapacidad de tu hijo mayor. Ya desde el primer momento llegó ella con este mandato, pero también vino a ocupar su propio lugar y a cambiar el orden de las cosas. A repararte a vos como persona y como madre.
Cuando vuelve tu hijita, le ves su color. Es un azul cielo que se va iluminando de a poco hasta alcanzar su brillo de persona nueva. Te la apoyan sobre el pecho, sobre tu cuerpo naranja, y las llevan así, a las dos juntas, hasta la habitación. Nació una mujer.
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Victoria Buccieri nació en 1988 y creció en Ezeiza, provincia de Buenos Aires. Es escritora y economista. Escribe desde siempre. En 2011 publicó Asfixia (Ed. De los Cuatro Vientos), su primer libro de cuentos, tras haber ganado el primer premio de un certamen de narrativa, con el relato “Los descarnados o el derrumbe de los cuerpos”, y participó de varias antologías. Luego de algunos años sin dedicarse a la escritura, en 2018 fue mamá de Federico, que tiene parálisis cerebral. Esta nueva faceta de su vida trajo la necesidad de volver a expresarse mediante la literatura. Entre 2022 y 2024, realizó la carrera de Escritura Narrativa de Casa de Letras, donde se animó a escribir sobre el dolor y el recuerdo, abordando las temáticas de mujeres, maternidad y discapacidad. Actualmente participa de la clínica de obra de Ariel Idez. En 2025 se convirtió en mamá por segunda vez con el nacimiento de Clara. Está comenzando un proyecto de diario abierto de su vida como madre de un niño con discapacidad en @otroladodelavida
