Relatos/Partos

a tiempo

Por Lula Bauer*

Escribo esto mientras Amadeo duerme los pocos minutos que lo hace solo, rodeado de mantitas con olor a leche. Escribo esto un 2 de agosto, día de mi fecha probable de parto, y sin embargo hace dos semanas que él esta en este mundo, separado de mí; come, duerme y llora, se angustia y aprende día a día a existir en el ahora, rodeado de sus hermanos y nosotros, sus papás.
Después de cuatro meses de reposo durante el embarazo, de armar calendarios tachando semanas llegó el que estaba marcado para que naciera: 18 de julio, canceriano. Todo sucedería en una clínica de la calle Perón, pleno barrio de Once. De alguna manera me parecía poético: iba a nacer en un barrio popular que amo, en una calle peronista.
La noche anterior dormí muy poco, ansiosa, nerviosa y angustiada, con mil fantasmas que me recorrían: la anestesia, el dolor, la supuesta bajada de presión al entrar la anestesia al cuerpo. Me desperté a las cuatro de la madrugada pensando en que no se movía, que el bebé estaba muy quieto y me puse a llorar un rato en silencio y después lo desperté a Guille:
-Amadeo no se mueve, ¿le habrá pasado algo un día antes de nacer?

A las seis nos levantamos, le dejamos mucha comida a las gatas y nos fuimos en un taxi, tan apretados que ocupábamos un solo asiento en el auto.
No sabíamos la hora a la que iba a ser la cesárea, nos habían dicho que los jueves solían ser complicados, pero una hora y media después de ingresarme ya me habían traído la bata para cambiarme.
Mi cesárea la programamos tres meses antes: tenía placenta previa y no había chances de que un parto vaginal tuviera lugar. Era difícil llegar a término y lidiamos con esa incertidumbre durante todo el embarazo. Pero ahí estábamos, en la semana 38, en la clínica, esperando que me vinieran a buscar para ser dos, para ser tres, cinco con sus hermanos y por qué no, siete si contábamos a las gatas.
No sé bien qué imaginé de la intervención, no sé bien qué idea tenía armada de lo que una cesárea tenía que ser. Yo sólo quería ser tratada con respeto y amor, traer al mundo a mi hijo de la mejor manera posible.
El quirófano era muy blanco, había un espejo delante mío, enorme, plateado, de lado a lado de la sala, por un momento pensé que había alguien del otro lado, estudiando, aprendiendo de este procedimiento.
Guille no llegaba, en un momento me quedé sola y me vi en el espejo y me puse a llorar, para adentro.
Llegó el anestesista, me preguntó mi nombre, el del bebé. De entrada no me cayó bien, me parecía más canchero que amoroso, como si se armara de un speech general, donde no había situaciones particulares para él, todas las cesáreas eran la misma día tras día, mujer tras mujer.
Me dijo que me iba a explicar todo a medida que iba sucediendo, qué iba a pasar, qué iba a hacer él, qué iba a sentir yo; eso me tranquilizo un montón. Yo necesito saber siempre, con anticipación, no puedo perder control mucho menos con el cuerpo.
Empezamos por la epidural, el gran miedo que sentía se me fue, no me pareció tan terrible, no dolió casi nada y no sentí ese bajón de presión, o como le dijo mi obstetra “esa muerte inminente en el cuerpo”.
Ahí pedí por Guille, lo llamé, les pedí que viniera ya. Ellos me preguntaban si podía mover las piernas: -A ver levanta una pierna sin doblarla, y lo hacía, yo podía levantar la pierna sin doblarla, -Bueno, vamos a esperar un poquito… ¿Dónde está Guille? Pregunté otra vez. -A ver levanta una pierna sin doblarla, otra vez pude. Algo iba mal o iba más lento, nunca supe. Guille no estaba. Ya me habían empezado a abrir y todo lo que había pensado se desarmaba, se me fragmenta ahora que escribo y tengo que volver a preguntar, ¨¿Cuándo entraste vos, amor? ¿En qué momento?¨. Todo para mí es confuso, lo último que me acuerdo con coherencia es que me preguntaron si sentía dolor o si solamente sentía. ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Cómo una puede a punto de parir darse cuenta si lo que siente es dolor, nervios, impresión o si la anestesia todavía no hizo efecto en su totalidad? No sé qué contesté, pero parir fue para mí, un trauma. Un agujero negro donde pocas cosas tienen sentido. En ese momento hubo dolor, hubo tironeo, hubo una enfermera que se subió a mi panza e hizo fuerza, un anestesista que me cacheteó para que me tranquilizara porque sino entorpecía el trabajo de todos, hubo música de fondo que elegí especialmente, un bebé que salió llorando rosa rosa, muy rosa y sano al que no pude ni besar ni saludar, un novio de fierro que me sostuvo todo lo que pudo en el medio del caos.
Pregunté tres veces si me iba a morir, sedada porque algo había salido mal. Sí, algo salió mal en mi parto. Hicieron una cesárea sin esperar a que me tomara la anestesia. Sentí que me destripaban, que me sacaban, no un hijo, sino la vida. Por no esperarme, por no preguntarme más cómo me sentía. Así llegó Amadeo al mundo, desconectado de mí totalmente. Cuando ya me estaban cosiendo Guille me preguntó si quería verlo, le dije que no, que ahora no, ahí no. No quería conectar con él en ese lugar. Sintiéndome así tan desgarrada.
Después todo se volvió lento, como estaba sedada el mundo que se creaba para mi hijo y yo tuvo otros procesos.
Parir en el diccionario expresa su significado biológico: “Expeler en tiempo oportuno el feto que tenía concebido” y nada fue tan literal para mí en ese momento. Yo no pude parir, a mí me sacaron a mi bebé de adentro, a tiempo.
Por suerte después viene el amor. Por fuera de todo significado y atravesando todo.
Bienvenido hijo al mundo, un tanto cruel, pero también lleno, llenísimo de amor. Te esperábamos tanto, a tiempo.

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Lula Bauer es fotógrafa y escribe, también ejerce la docencia de manera no formal. Le gustan más los libros de poesía que los libros de fotos. Es madre afín de Pedro y Manuel y madre de Amadeo. Recién publico su libro Un inventario que organice la ausencia un libro de poemas sobre fotografía.

 

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