Magia/Poesía

Manuela Gómez

Para no perder esta siesta

La respiración flamea
por su cuerpo pequeño.
Se le desordena el pelo,
palidecen sus mejillas.

Un pájaro se queja
cerca de la ventana
porque afuera el cielo arde.

Pero las cortinas pesadas
hacen que su noche
sea imperturbable.

Escribo lo que veo
en mi libreta de tapas negras
para no perder esta siesta.

Tiene el mentón partido,
las cejas claras,
las manos abiertas.

Quiero ser él.

Profunda así,
en un arrullo verdadero.

También él cuando en la playa
se acercan las mariamulatas,
sus ojos más grandes,
sin venas, sin sangre,
se abren y dicen
esto es un pájaro y es negro,
muy negro, muy pequeño.

En la silla de atrás del carro
si persigue los árboles
las ramas crecidas,
algo resecas
y elige
y forma
sus propias palabras:

“está toda quietecita la naturaleza.”

Ser él,
sin más en mis brazos
sentir si se vuelven rápidos mis latidos
y si esas manos torpes
–demasiado delgadas–
que lo acogen
me delatan,

ahora que el miedo
y el amor,
se parecen tanto.

 

Antes
Antes
Mi hijo decía luenga
en vez de lengua.
Yo no lo corregí
ni una sola vez.
Amaba el sonido
de esa palabra extraña
como recién nacida.
Cuando alguien le enseñó
“Se dice jirafa, no firasa”
de verdad lo lamenté.
Igual con la mariposa
que antes era papiosa.
Sabía que esas palabras
no se quedarían
mucho tiempo
ahí,
en su voz.
¿Para qué apurarse entonces?
Las palabras habituales
están ahora en su sitio.
Excepto,
cuando quiere hablarme
de jaguares y dice
“mamá están en vida de extinción.”
Ya sabemos,
no hay que decirle nada,
quizás queden algunos días así
en que la vida sea lo que se extinga,
sin intermediarios.

 

Te digo
Te digo:
No comas tanto dulce,
ponte los zapatos,
¿Te picó un mosquito?
Quédate quieto en la orilla.
Déjame ponerte el protector solar,
aquí en la nariz, en las mejillas.

“Bla, bla, bla” dices tú
y me haces reír.

Tantas cosas
¿cierto?

Y una detrás de la otra
otra vez
y otra.

Pero hay momentos
como este
tu papá te sostiene
en la piscina,
nado hasta ustedes
los abrazo muy fuerte,
somos ese animal
que juega en el rio.

Tú estás en medio
y todo lo que veo
es tu piel
finita
con estrellas de agua.

¿Quién dijo que lo demás es la vida?

Mira cómo se desarman
todas las cosas
que te digo.

 

Figuras ordenadas
La linterna de mi hijo
va a quedarse sin baterías
y la luz se pone apenas
sobre el sapo.

Le digo

el sapo no se mueve
porque quiere que olvidemos
que es un sapo

hasta verlo
como una piedra.

Estamos sentados
en el pasto,
sin hacer demasiado ruido

y la piel del sapo
tiene círculos en relieve
como figuras ordenadas.

Mamá
ya casi olvido que es un sapo.

Dice y apaga la linterna.

Luego,
lo escucho decir

“la piedra tiene
un corazón grande
en el cuello y late”.

Nos quedamos ahí,
muy quietos.

Y era la hora
en que los satélites
orbitan este cielo.

 

Y va a llover muy fuerte
El agua se deslizará
por la sombrilla negra
mientras tú te agachas
lo suficiente
para medir lo mismo
que tu hijo.

La lluvia
va a mojarte los pies
mientras se forma
otro hijo
adentro tuyo.

Y ya en el carro
el agua
caerá distinta.
Tu hijo la oirá
con la paciencia
necesaria
para preguntarte:

“¿El bebé que está
en tu barriga
escucha la lluvia?.”

 

Las letras
Las letras
están por todas partes,
en sus libros para colorear
en el tablero blanco
con tinta negra y roja.

En el espejo del baño
si el agua sale caliente
y el vidrio se empaña,
hasta en la libreta donde
ahora escribo.

Las dibuja
y luego
me pregunta

¿Mamá qué dice aquí?

Hace la i como un fósforo
todavía sin encender
y la D como un pez
a la mitad,
la O es casi un
cuadrado
pero tiene aire
y ese aire
lo levanta
por encima
de las líneas.

Después
están las otras,
círculos
con pies,
líneas
que crecen
no importa
hasta dónde.

No pertencen
al alfabeto
que conozco
y esas
son mis preferidas.

 

Juguetes
No sé qué responder
cuando mis amigos
me dicen valiente
porque tengo un hijo.

Apenas ayer lloré
frente a un montón
de juguetes tirados
en el suelo.

No es la fuerza
la que cuenta.

Porque hay más.

Cada noche
desde que nació,
paso los dedos
de sus pies
por mi cara,
lo peino
con las manos,
toco
el espacio
suave que tiene
entre las cejas,
llevo mi boca
hasta sus mejillas.

Después,
siempre me levanto
lo contemplo
en la distancia
y me siento
como ese astronauta
que atraviesa la atmósfera
solamente
para ver
su planeta
entero
ahí
abajo
brillando.

 

>>>

Poesía/ Manuela Gómez Nació en Medellín Colombia (1985) Publicó el libro de poemas La vida como era (Atarraya 2017). Ha sido profesora de Literatura y de Cine, coordina el taller de poesía La Liebre inmóvil y es la mamá de Dante (5 años) y Theo (6 meses). 

Imágenes/ Juliana Gómez, instagram @imagenes_diagnosticas