Relatos/Partos

Un acto de fe

Por Laura Iglesias Liste*

Semana 41
25 de marzo

La panza pesa como una gran sandía de plomo. Matilda tiene hipo y mi estómago erupciona con ella. Es gracioso y buena señal dice el obstetra. Pero a la noche molesta un poco, me toco la panza tratando de aliviarle el síntoma. Parece funcionar, intento dormir, pero la columna es una viga cansada, una rama desvencijada por el peso de su fruto. ¿En qué costado estaba el hígado? De ese lado leí que no es bueno dormir, el obstetra dice que es mito, pero yo empiezo a creer en todas las mitologías. Otra vez ganas de hacer pis, bajarme la bombacha es un esfuerzo mayor. Me paro y no veo los dedos de mis pies. Me da risa y algo de pánico.

Fuimos a cenar a un restaurant hindú. La dueña (mezcla entre Patti Smith y Susan Sontag) me pregunta si puede tocarme la panza; cuando apoya su mano dice que tiene una hermosa energía el bebé, le digo que estoy muy ansiosa, que tiene que decidirse a salir pronto si no iré a cesárea. Me dice que le hable, que le diga que le esperan cosas hermosas acá afuera. Entonces cuando llego lo hago, le hablo de la música, de los colores, de las caricias y los animales, del perfume de las flores, del viento y los besos, de los sabores. Armo la enumeración más cursi y selectiva que encuentro de lo que es el mundo y se lo narro como un rezo.

 

26 de marzo

El Negro se fue a ensayar, le digo -como todos los días hace dos meses- que tenga prendido el celular. Me pongo a escribir. Abro el fb, está Lolo conectada, tuvo a Dante hace 15 días. Está feliz, segura y organizada, así suena cuando me escribe. Le digo que estoy desesperada, que quiero que nazca aunque muera de miedo. Duele tanto? Podré soportarlo? Miles de dudas  mientras siento un leve dolorcito como cuando me está por venir. Lolo me dice, “son las contracciones, boluda!” Le digo que si es así el dolor, puedo parir un Mamut. Me siento fuerte, capaz de soportarlo todo. Tomo nota de las contracciones 17:35, 18:00, 18:20, 18:40, se van acortando, la llamo a mi mamá, le digo que venga, que me quiero bañar para prepararme porque me parece que va a nacer. Decir esto, escribirlo, me acelera el corazón, me llena de preguntas.

Mi mamá viene más rápido que el SAME, llega con su ansiedad y me dice, sí, Laura son las contracciones, vas a ver que no duele tanto. Quiero creerle. Me baño, me voy despidiendo de la panza con cada pedacito de espuma que se desprende del jabón. Elijo un vestido, color magenta, los únicos zapatos que me entran y puedo ponérmelos con cierta autonomía. Llega el negro, ya estamos todos, nos vamos, miro el camino (el pasillo de casa, la Av. Córdoba, un Maxikiosco) como si por primera vez lo viera, como si fuese la última vez que lo viera.

Llego a la guardia con mi papel de contracciones que ya son dos hojas, me atiende una Dra. que se parece a una de las trillizas de oro.  Me dice que no tengo cara de contracciones pero que me va a revisar.

Abro las piernas, calzo los pies en los estribos del pánico, la panza tapa la cabeza de la Dra. rubia que palpa mi vagina con un guante de látex, me dice “no gordi, falta todavía, no tenés ni un centímetro”. Me desilusiono un montón, camino hasta donde está el negro y le digo, “no todavía”. Me abraza, me acompaña al auto y ahí empieza otra historia.

Casi llegando a Chacarita siente un tirón fuerte, una especie de motosierra gigante que me corta la espalda y la respiración; son unos segundos y para, lo que hace que parezca una loca: voy del dolor al alivio en una fracción de segundos. Siento (y cómo!) que va a nacer pronto, ahora los dolores son seguidos y fuertes, mamá mintió, es tremendo el dolor, es insoportable; pero el primer sentimiento es de susto, me asusta cómo duele, cómo realmente duele, si algo es verdad es ese dolor. Me asusta porque no sé si podré atravesarlo, si aguantará el alma, porque el dolor viene a hacerte acordar que tenés una, que además de lo físico te duele algo que siempre nombraste como metáfora, cliché religioso, o refrán místico.  En segundos pienso que las mujeres estamos locas. “Están locas” le grito al negro y me cuelgo de su cuello intentando delegar el dolor. Hago todo lo que leí, todo lo que escuché, todo lo que estudié. El dolor cede con el chorro caliente de la ducha sobre la espalda, quiero tenerla así, en cuatro patas y sobre la ducha de la casa de mi suegra que se fue de viaje y entonces decidimos esperar ahí a 15 minutos de auto del Cemic, porque me da terror volver para Almagro y que nazca en la calle, auxiliada por un policía, no, jamás. Pasa una cucaracha por el baño y no grito, por primera vez no grito al ver una, hasta la ignoro, porque el dolor se lleva todo mi ser, o me convertí en valiente. El negro hace la cama, pone un partido de tenis me dice que me acueste, pero yo no puedo salir del agua, soy un pez, una ballena, me van a brotar branquias, no puedo sostener más el dolor entonces me cambio y le pido que accione, que me lleve, que ya no aguanto más. Son las 3 de la mañana.
Todo lo que sigue es borroso y psicodélico. Un ascensor, el hall del edificio con una planta melancólica, caminar como herida de bala media cuadra por Olleros, balbucear un taxi, Corrientes semidesierta (a no ser por tres borrachos, una florería y un perro callejero) asomar la cabeza a la esquina como buscando el horizonte de autos y entonces aparece una luz alta, y el negro me pregunta ¨¿lo tomamos?¨ y yo no puedo decir, me quedé sin lenguaje, soy una esfera de dolor punzante. Es el 71. Me ayuda a subir y el chofer me mira espantado. Estamos casi solos, en una película de Almodóvar, hay tres tipos dormidos como un tetris humano en la fila de atrás (cansados o borrachos, no lo sé) sólo puedo concentrarme en la contracción que me deja sin alma cada 30 segundos, le balbuceo al negro, cuanto falta, “10 minutos¨ me dice, “estamos a diez minutos”, y para mí el tiempo se reduce a escala de contracciones, 10 minutos de dolor es una eternidad, soy Sísifo, soy Prometeo y la contracción es el águila que viene a devorarme el hígado. Un semáforo en rojo es un despropósito, pero a esa hora el conductor se vuelve héroe, se desvía y agarra otro camino, el viento de la madrugada del jueves entra por la ventana y parece alentarme con su movimiento. Nos deja en la entrada del Cemic, el tetris dormido jamás se entera del desvío, y entonces el negro antes de bajar le dice al chofer  una frase robada de la peor película: “¿Raúl es tu nombre? Si es varón  le ponemos Raúl” y hace que a pesar del dolor me salgo una risita.

La Dra. rubia de hace 6 horas me vuelve a atender, me dice, ahora sí tenés cara de contracciones y me revisa. Tira el guante al tacho y me indica que me vaya  a caminar dos “horitas” por el parque del Hospital (usa el diminutivo para esconder los 120 minutos, lo sé) y que después vaya a verla de nuevo, que hoy nace, sentencia.

No puedo creerlo. Apenas puedo respirar, y moverme como un muñeco top toys. Veo una luz detrás del garaje, es una estación de servicio, ahí en ese horizonte imposible que parece ser caminar 100 metros le pido al Negro que vayamos, como un muelle o un faro, tengo que correr mi mente del dolor. El semáforo en rojo retrasa. Un poste de luz es mi descarga de dolor, fijo los ojos al falo sagrado verdeagua de la urbe nocturna. (Oh poderoso Edenor, descarga tu energía eléctrica sobre este estómago doliente).  Llegamos a la estación. Hay dos o tres hombres y una mujer  tomando un café, el negro se compra un turrón y una botella de agua. Todos me miran como si fuese terrorista y llegase con un chaleco repleto de dinamita.

De las dos horas de caminata sólo hice un trayecto de 200 metros y pasaron 40 minutos. Nos quedamos al lado de la guardia sobre un banquito de plaza en el que hice todos los movimientos posibles para rotar mi dolor como un pollo al spiedo malherido. Cuando me estoy por rendir llega un enfermero y nos dice que ya podemos hacer la internación. Recupero el aliento y todo lo que sigue es más o menos rápido, me ponen una bata, un suero, me sientan en una silla de ruedas, en una camilla, entro a una sala rarísima como en la NASA, el Negro me espera ahí vestido de astronauta, una anestesista me pregunta si quiero la peridural, le digo que sí, que muchas quiero. Me pone la anestesia y siento que el dolor se apaga mágicamente, la miro a los ojos, le digo te amo y el Negro me contesta yo también. La falta de dolor y los nervios me transforman en una verborrágica extrema, hablo de todo con quien sea, del retraso del otoño, del color de las paredes, del caramelos sugus color azul; la trilliza me cuenta que se va a casar, le deseo lo mejor, le digo, lo siento, me emociono, estoy drogada, totalmente fuera de mi eje. Amo a todos, quiero lo mejor para el mundo, oh peridural me convertiste en un ser de luz.

Lo que sigue es una secuencia de horas de hacer fuerza y seguir a la obstetra con sus “dale dale dale muy bien” “dale dale dale muy bien”, tiene el ritmo de las contracciones. La imagino en jogging fucsia dando una clase de aeróbica. Llega el Dr. que es petisito y sonriente, parece un jockey, o un oficinista maltratado. Me dice, “vamos por el parto natural, te tengo fe”. Él me tiene fe a mí, me da todo y me quita todo. Estoy ahí, voy a ser madre, la voy a sacar de mi cuerpo como un truco de magia (no hay otra forma que la magia para sacar cuatro kilos de mi cuerpo) ¨Ponete de costado un ratito y después cambiá de posición a ver si desciende un poco¨. Otra vez el spiedo. Pero obedezco, yo también le tengo fe. Parir es un acto de fe.

En mi nuca hay un reloj y desde las 3 de la mañana que empezó esto ahora marca las 9. Saco el ascendente rápido, y ahora la sala se llena de gente, viene una enfermera con un carrito, con toallas blancas. Entra como si trajera facturas o algo para vender. Después un hombre gigante con barba que se parece a un cocinero de la tele o a un leñador. Y dos enfermeras o residentes que tienen anteojos y miran todo el tiempo mi vagina. “Ahí viene vamos, en la próxima sale”, me dice el jockey-mago. El Negro me aprieta muy fuerte la mano, la enfermera le dice que me sostenga las piernas como una tenaza contra mi pecho y en ese trabajo colectivo sobre mi cuerpo, suelto un grito solo, largo y salvaje, como si fuese ventrílocua y emergiera de algún lugar oculto. La cabeza -me dicen- ya apareció. Me ayudan a tocarla, y la veo en braile, le palpo la cabecita que es blanda y húmeda como si tocase un musgo caliente. “Vamos un pujo más y la tenés”, y repito el grito pero esta vez es más profundo, queda reverberando en el eco de la nave en la que estamos haciendo lo más loco que hice en mi vida. Y algo se desprende de mí, rápido y como un tobogán de agua y fuego, un cometa de carne que desciende rápido como la eyección de un crustáceo, de una forma oceánica y esférica.
Un llantito suave viene de tu cuerpo ¿o es el mío?, pero entonces te apoyan sobre mi pecho y distingo uno de otro. Serás Matilda, y yo tu mamá, y algún día te voy a contar toda esta historia, y algún día vos me vas a contar otras, quién sabe sobre qué cosas, mirarán esos ojos que me miraron por primera vez, después de todo este viaje en el que fuimos una.

 

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Ella/ Laura Iglesias Liste (Buenos Aires, 1977) se graduó de Licenciada y Profesora en Letras Modernas en la Universidad de Buenos Aires. Trabaja como docente y  escribe relatos breves y poemarios.

Foto/ Silvana Lozano (Buenos Aires, 1982) Es fotógrafa, docente y se encuentra iniciando el camino de la ilustración.