Magia/Poesía

Flor Monfort

Escribir con la mente

las ideas patinan
como el hielo en la toalla
para la fiebre del bebé

Aprieto los dientes pido
perdón almohadón barricada
la caída es inminente
cuidar no es controlar
pero controlar se parece tanto
así aman las intensas

un señor que fuma me mira
es extraño porque nadie me mira
empieza la cuenta regresiva
en el balcón gente de cuentas
de cactus no poder
superarlo
atravesar el desierto de la certeza
laguna lechosa de la duda

bienvenida la mala muerte
suerte torcida de los chequeos
bolsa de verduras podridas
olor que baja de la terraza
cuando salgo empiezan a caer las gotas
lavandina mata descartes

la convivencia de todo
la conveniencia de nada
el cuello transpirado
nuevas finas arrugas
los versos apiñados en la corteza

nudillos que se atolondran
en la ventana hay un buitre
la cancha del abandono
el campo cortado, descremado
entero vencido remanente
el mundo dará vueltas alucinado
hasta que el niño diga algo
compota dorada
fideitos caracol, sopa de
letras pegadas con poxy
manteca flúo rima con flujo
en colchón de vodka
y con páginas de mamás
que no dan bien la teta

¿quiénes son esos pás felices?
La ausencia del padre
este rancho es una salina

Amaneceres con sonrisas
prender todas las luces de la casa
que el dulzor de la batata inunde
zorramente el baño

ay este papá que no pone la plata
todo se aficiona
el tono calesita
como si no fuera grave
la bancarrota pop
las palabras suenan
a refranes.

 

El padre de mi hijo

Me hubiera gustado que escribas este poema
vos pero lo voy a escribir yo porque vos
no sé dónde andarás.
Estás internado,
viviendo solo, en el campo,
en una granja con chanchos
usás pampero para pisar el barro
que ahora abunda en el pueblo.

Esto no es un poema,
es un mantra
para pensar en mí,
¿por qué me miraste así?

“Voy y vengo al registro civil”, dijiste
yo te esperaba en la clínica
donde fui a parir
mamá sostenía los bolsos
Sole dictaba mi documento.
No quería desconcentrarme del parto,
de la apertura, de las contracciones
como canto del cuerpo
ni sacarme el cuchillo de la boca:
pariría por abajo,
si me mandaban a cesárea
volvía a casa.

Estamos tratando de ponerle los dos apellidos,
el tuyo italiano y el mío francés.
Yo puse nombre italiano sin preguntarte,
o te pregunté y no quisiste opinar,
le estabas dando pan a tu nene,
dijiste *querés pan, ahora te doy*
yo escuché todo y asentí.
Eso sería de buen padre,
o de padre a secas.

Mi papá me hacía fideos pegajosos
ricos, sanos, todo lo que necesitaba,
mirábamos turismo carretera
hacíamos la mímica de afeitarnos.

Ahora te estoy esperando,
veo cada moto pasar con la ilusión
de que seas vos y también con la ilusión
de que no seas, que me dejes plantada,
reforzando la idea de que sos un desastre
de que somos un desastre.
Pero sé, por la forma en que me miraste,
que hoy querés hacer las cosas bien,
hoy estás rescatado, tomaste algo fuerte,
o estás con homeopatía.

Mi papá está viejo,
el no haber dicho que iba a matarte
es un síntoma de su vejez
o de que me tiene miedo.
Te hubiera ido a buscar
hubieran terminado abrazados,
temblando juntos las anécdotas
que le encanta contar sobre los trotes
en Las Flores,
donde se sacó él mismo
el veneno de una picadura
donde voló 26 metros
porque se le enganchó la cadena
donde enterró a sus muertos
y me pedía de ir,
sabiendo que lo mío es un falso sí
que también encierra mis proyectos
de filmarlo durante dos días,
editar un documental y pasarlo
en el bafici.

Papá y vos, sin redundar en la nada
nadar en la baba de las creencias
sobre las constelaciones familiares,
pero son ese tipo de hombre
torturado por la madre o su ausencia.

A veces pienso que me muero,
qué pasa si me muero,
me muero mal,
con toda la furia de un terror
que se agarra de todos lados
donde puede, hasta del cerebro,
y cada vez que siento un tirón
en el hombro pienso que es él
que se está estirando la modorra.

 

La caída

Mi hijo se queja por hambre
retuerce su cuerpo
en una danza que siempre
da resultado.

Hay platos y copas
rozándose para llegar a la mesa
por eso el berreo agudo
me inflama.

Estamos en el balcón,
enorme y despojado de nuestra
casa de toda la vida.
Mi hijo habla de su cuarto
en realidad se refiere al mío
habla de sus juguetes
y son los bloques de mi infancia.

Hay batatas en el horno,
lo sé, no sé cómo pero lo sé.
Están mezcladas con morrón,
cebolla y algunas capas de zanahoria
rebanadas con pelapapa.
El piso mostaza de la cocina
tuvo que ser removido
por un caño oxidado
que denuncia los años y divorcios.

Una ardilla en miniatura
mira esta escena desde un pequeño
cuadro que siempre veo
pero ya no miro:
todos nosotros almorzando
en el living por el pequeño derrumbe
edilicio de nuestras costumbres.

Mi mamá grita desde la cocina.
Se paró de golpe y se pegó
con el filo de la puerta
de la alacena abierta.

La escucho que se tira
en el piso levantado y lavado,
mi hermano desaparece
y mi sobrino abre la heladera
por un hielo.

Alzo a mi hijo, él dice
*vamos a ver a la abuela*
pienso que puede haber sangre
pero nada me detiene.
Mamá qué te pasó.
Ella con las manos en la cabeza
los ojos cerrados con fuerza,
tendida sobre el piso, estirada,
con una pollera que usa como vestido
llevándola al extremo de las tetas.
¿Mamá, podés escucharme?

 

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Poemas/Flor Monfort nació en Buenos Aires, es periodista, escritora y editora en Las 12/suplemento del Diario Página12. Publicó cuentos en diferentes antologías.

Ilustración/Anabella Papa nació en Bahía Blanca en 1979. Estudió licenciatura en artes plásticas en La Plata. Vive y trabaja en Barcelona. Sus trabajos se pueden ver en http://anabellapapa.tumblr.com/